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27 de desembre 2006

Olivenza/Olivença, tierra sin fronteras

“...pensar incomoda como andar à chuva
Quando o vento cresce e parece que chove mais”
(“O guardador de Rebanhos”, Fernándo Pessoa)

Recientemente tanto El País como El Periódico han vuelto a poner sobre la mesa el eterno litigio fronterizo por Olivenza. Esta vez, sin embargo, algo me ha hecho reaccionar y ponerme a escribir. Seguramente la posición más comoda sería la de mirar para otro lado, canturrear aquello de “las muchachas de Olivenza/no son como las demás/porque son hijas de España/y nietas de Portugal” y quedarme tan tranquilo. Pero no va a ser así. Y eso que estoy seguro que no ganaré ningún amigo en este viaje. ¿Qué sé de Olivenza, yo que dí mis primeros pasos en Catalunya? ¿Qué puedo opinar desde más de mil km de distancia? ¿Qué sé de la Olivenza de hoy si mis últimos recuerdos son de las vacaciones de un adolescente de 15 años?

Estas preguntas me las he hecho antes de comenzar a escribir y, así y todo, creo que tengo el deber moral de dar mi opinión. He tenido la suerte de crecer y desarrollarme como persona en una tierra en la que la sensibilidad por la tradición, la cultura y la lengua propia son muy importantes; y aunque en Cataluña era un “de fora” y en Olivenza “el catalán”, he aprendido que precisamente eso era bueno, que todo sume, y que mi patrimonio cutural sea tan rico –de aquí y de allí- y que sea el mejor legado para mi hijo.

Con esta legitimidad hablaré de Olivenza y de cómo veo la situación respecto a Portugal.

Se puede profundizar todo lo que se quiera en la historia del pueblo, pero para mí son clave seis fechas, que marcan seis hitos en su historia:

1297. Castilla cede la aldea fundada por la orden del Temple a Portugal en el Tratado de los Alcañices.

1298. Don Dinís de Portugal concede la carta foral a Olivença por la que se la eleva a la categoria de vila. Se construyen las primeras murallas.

1668. El Tratado de Lisboa que da la independencia a Portugal, devuelve Olivença a Portugal que había sido recuperada para Castilla años antes.

1801. Guerra de las Naranjas, que acaba con el Tratado de Badajoz por el que se cede a España la plaza de Olivença.

1808. Juan VI de Portugal repudia el Tratado de Badajoz y reclama Olivença para su reino.

1815. Congreso de Viena. Artículo 105 del Acta Final, donde se recoge la devolución de Olivença por parte de España a Portugal. Ambos países lo firman.

Y hasta hoy, que como sabeis sigue siendo española y reclamada sistemáticamente por Portugal.

Creo que queda claro que Olivenza tiene un potente sustrato cultural portugués, el que le da haber sido portuguesa hasta comienzos del siglo XIX, su morfología urbana histórica, sus iglesias y monumentos civiles de estilo claramente portugués y, hasta después de la guerra civil, su población fue mayoritariamente lusohablante. El franquismo que prohibió el catalán, el vasco o el gallego, también se ocupó de que desapareciera el portugués de Olivença (a pesar de que en las aldeas aún se hablaba normalmente en los años ’60) (1)
Además, al mezclarse con la reclamación de soberanía, los sucesivos gobiernos democráticos han dado la espalda al pasado portugués del pueblo.
Así, a principios del siglo XXI, el portugués oliventino ha desaparecido prácticamente (porque los niños no lo hablan desde la década de los 50). El portugués se estudia en la escuela, pero como "lengua extranjera". Sólo lo hablan personas nacidas antes de los años 50; aunque hay jóvenes interesados en saberlo que lo han aprendido como segunda lengua.
Mi propia experiencia es la de haber nacido en el barrio de “la farrapa” (“los harapos”, en portugués), la barriada más pobre de un pueblo pobre de la España gris de mediados de los ’60. De emigrar en busca de nuevos horizontes. De volver cada año a ver a los abuelos: en mi infancia, a “La Sancha” la finca más grande del pueblo y de la que mis abuelos hacían de guardas (“masovers” en catalán) y, después, en mi adolescencia, en el propio pueblo. Recuerdo de pequeño ya en Barcelona cómo algunos familiares hablaban en un idioma lleno de letras “u” que no entendía y que no me gustaba; y cómo cuando iba al pueblo se hablaba de los portugueses como si fuesen distintos al resto de habitantes del pueblo[2] (“niño, ve a comprar la gaseosa a los portugueses!”), así como que la tienda más emblemática del pueblo, en el mismo paseo, se llamase ampulosamente “La Española” (supongo que aún existe). Todo eso no impidió que uno de mis primeros romances fuese con una muchacha de familia portuguesa. Vaya, lo normal en un pueblo lleno de Silvas, Sousas, o Piriz.

¿Y donde me lleva todo esto? Pues sencillamente a pensar en términos culturales y no territoriales. Desde mi punto de vista, que los oliventinos sean nacionales de donde quieran ser (parece que españoles) pero que no se lamine, ni se menosprecien, sus raíces portuguesas, porque cómo canta Raimon, el cantautor de Xàtiva: “qui perd els seus origens, per la identitat” (“quien pierde sus orígenes, pierde la identidad”). La identidad de Olivenza se basa también en su pasado portugués tanto o más que en el español. Sólo con una política decidida de los poderes públicos españoles en el sentido de recuperar el portugués oliventino (dialecto del portugués del Alentejo) y demás manifestaciones portuguesas, se hará justicia a lo que el pueblo ha sido, es y será en la Europa del siglo XXI. Ya lo he dicho: “todo suma”, y yo, como persona y oliventino, no quiero renunciar culturalmente a nada que me pertenezca y enriquezca. Es de mis ancestros y de mis descendientes.



(1) Juan M. Carrasco González, Evolución de las hablas fronterizas lusoextremeñas desde mediados del siglo XX: Uso y pervivencia del dialecto. Revista de Estudios Extremeños, Año 2006 Tomo LXII. Número II Mayo-Agosto, pág 625

Manuel J. Sánchez Fernández: “Apuntes para la descripción del español hablado en Olivenza”, Revista de Extremadura, 23, 1997, pág. 110

[2] Al estilo de los “patois” franceses o “patués” (en catalán), catalanes en un territorio administrativamente de la República francesa (la Catalunya Nord). Ver al respecto "Conversa amb el meu gos sobre frança i els francesos" de Joan-Lluís Lluís. Edicions La Magrana, septiembre de 2002.



23 de novembre 2008

Além Guadiana





















Vosaltres ja sabeu que vaig néixer a Olivenza, un poble de la província de Badajoz, que és reclamat sistemàticament per Portugal, degut al seu passat portuguès. Ja vaig deixar clara la meva posició al respecte en una entrada anterior.

Recentment, he rebut una bona noticia pel que respecta a recuperar el portuguès oliventí. Des de fa un temps s’ha creat una associació que treballa amb l'objectiu que la petjada portuguesa del poble no sigui oblidada i, en especial, la seva llengua. Es diuen “Além Guadiana” que, si el meu inexistent portuguès no em falla, vol dir “més enllà del Guadiana”.

Crec que és una molt bona iniciativa: no renunciem a res, sumem cultures. Com ells mateixos diuen:


"Além Guadiana” desea ser una mirada mútua entre ambos lados del río, con la cultura como nexo común. Hay muchas historias que escuchar, mucho que conocer de nuestra historia compartida. Hay un deseo de reencontrar Portugal mirando hacia el otro lado del Guadiana, descubriendo su herencia al otro lado del mar… pero, sobre todo, reconociéndolo en nuestra propia tierra, en Olivenza, a través de sus diferentes formas de expresión, muchas veces cotidianas y a menudo desapercibidas, en las cosas pequeñas y grandes que forman parte de su legado portugués. Hay una sensación de compromiso para evitar que su memoria se pierda en la noche de los tiempos."

Vull que sàpiguen, que encara que lluny, estic al seu costat. Visca Olivenza, espanyola i portuguesa!
Us deixo amb l'actuació del grup oliventí "Acetre", magnífica síntesi del que he dit.




Canción "Verdegaio Brejeiro" interpretada por Acetre en el concierto que tuvo lugar en Olivenza en la fiesta del día de Extremadura del año 2006. El grupo también celebraba su 30 aniversario. La canción se incluye en "Canto de Gamusinos".
Imatges:
1. Església de María de la Magdalena, d'estil "manuelino"
2. Portugal des del Puente de Ajuda.

03 d’abril 2007

Temps de Quaresma

"Soy ateo por la gracia de Dios”, deia Buñuel, però tot i així, la iconografia religiosa (“Viridiana”, “Tristana”, etc...), els temes teològics (“La Via Láctea”, “Simón, del desierto”, etc...) i el so dels timbals de la seva Calanda natal, el van acompanyar tota la seva vida.

Jo no soc ateu, soc agnòstic -en el sentit de que racionalment no crec que es pugui conèixer allò que és trascendent-[1], però he de confessar que per a mi la Setmana Santa és quelcom més que les vacances de primavera. És l’època de l’any –just abans de la meva festivitat preferida: Sant Jordi- en el que s’instal·la en el meu estat d’ànim l’introspecció, la reflexió i el recolliment. Suposo que el pes de la nostra cultura judeocristiana fa el seu efecte i la Moixiganga o la Processó del Silenci de Badalona –actualment- o les processons viscudes de petit en la meva Olivenza –entre la màgia i la por- produeixen el seu efecte.

Tanmateix, hi ha un element fonamental d’aquest estat d’ànim sense el qual segurament no seria el mateix. Parlo de la música. Sense la música sacra crec que seria incapaç d’elevar el meu interior. Des de ben jovenet (diria que sobre els 16 anys i amagant-me dels amics), he escoltat per aquestes dates una obra emblemàtica de la cultura occidental, primer només en extractes d’àries i cors, per fer-ho definitivament en diverses versions (ja sense amagar-me), tant en directe com en concert. Em refereixo a la “Passió segons Sant Mateu” (BWV 244) de J.S. Bach. Hi ha versions grandiloqüents però buides com la de Karajan o de referència com la de Harnoncourt (que marca un abans i un després, i no em cansaré mai d’escoltar) o Leonhardt, i encara recordo la versió que René Jacobs va fer fa uns anys a l'Auditori de Barcelona.

A aquesta obra s’afegeix un “Stabat Mater”, qualificada de menor dintre dels autors que han posat música a aquest passatge i dintre de les pròpies obres de l’autor, però que a mi em continua transportant. No és ni l’arxiconeguda obra de Pergolesi (encara que la meva adreça de mail ha estat durant anys pergolesi2000@ ............), ni la de Haynd, ni la d’Scarlatti o Rossini. És l’Stabat Mater de Vivaldi –tot i que sembla que queda malament dir que agrada “il prete rosso”-, una peça curta i potser repetitiva però que transmet com cap altra els sentiments de pèrdua d’un fill per a una mare.

Sentint aquesta música em ve al pensament la Crucifixion (part del “Retaule de Isenheim”), del pintor alemany d’estil gòtic tardà Matthias Grünewald (1470/1480-1528). “Ningún otro artista ha expuesto jamás el horror del sufrimiento de una forma tan terrible y verdadera y, sin embargo, ha mantenido la convicción de la salvación” (Wendy Beckett)[2].

Malgrat tot, Alberto Caeiro, un dels alters ego de Pessoa, ens retorna a la terra al dir-nos que:

“Bastante metafísica hay en no pensar en nada.

¿Qué pienso yo del mundo?
¡Que se yo lo que pienso del mundo!
Si enfermara, pensaría en ello.
¿Qué idea tengo yo de las cosas?
¿Qué opinión es la mia sobre causas y efectos?
¿Qué he meditado sobre Dios y el alma
y sobre la creación del Mundo?
No lo sé. Pensarlo es para mí cerrrar los ojos
Y no pensar. Es correr las cortinas
De mi ventana (pero no tiene cortinas)”.
[3]


[1] Veure l’entrada “agnosticismo” del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora.
Assenyala que va ser Thomas Henry Huxley (1825-1895) qui va utilitzar per primera vegada el terme en 1869 als seus Collected Essays. Per Huxley els agnostics no pretenen anar més enllà dels límits que imposen el coneixement científic en una fase determinada de l’evolució de la ciència. Com els dogmes expressats en les religions positives, o moltes doctrines metafísiques, van més enllà dels esmentats límits, es troben fora de, i més enllà de, tota possibilitat de coneixement. Així un agnòstic no declararà que Dèu no existeix sinó que no sap si Dèu existeix o no.
Tanmateix, hi ha una visió de l’agnòsticisme que rebutja tota proposició de caràcter religiòs o metafísic però únicament i exclussivament des d’un punt de vista racional, no des de l’irracional: “el sentiment” o “la voluntad”. Ferrater Mora dubta de l’autenticitat agnòstica d’aquesta tendència.

[2] “Historia de la pintura”, Wendy Beckett. Editorial Blume.

[3] “Há metafísica bastante em nao pensar em nada.
O que penso eu do mundo?
Sei lá o que penso do mundo!
Se eu adoecesse pensaria nisso.

Que ideia tenho eu das cousas?
Que opiniao tenho sobre as causas e os feitos?
Que tenho eu meditado sobre Deus e a alma
E sobre a criaçao do Mundo?
Nao sei. Para mim pensar nisso é fechar os olhos
E nao pensar. É correr as cortinas
Da minha janela (mas ela nao tem cortinas).”

20 de juliol 2006

ESTACIÓ DE FRANÇA

Des d’ahir que vaig obrir el blog, són diverses les persones que m’han preguntat per què l'he titulat “Estació de França”. Els que conreen la poesia s'hauran adonat del fet que el títol és tributari del llibre de poemes que, sota el mateix epígraf, va publicar Joan Margarit (poesia Hiperión, març de 1999). Però aquesta coincidència, malgrat ja ser molt – l’univers de Margarit s’assembla molt al meu, salvant les distàncies, és clar - no és l’únic motiu pel qual he triat aquest títol.
El gener de 1965, vaig arribar a aquesta estació amb els meus pares, les meves dues germanes i el meu oncle Francisco; jo tenia 11 mesos. Veníem d’Olivenza, el “Gibraltar portuguès” com algú l’anomena, un poblet de Badajoz que s’havia quedat sense possibilitats per la nostra i moltes altres famílies. Arribàvem a Badalona – una altra part de la família havia marxat a Madrid i a Euskadi - al carrer de la Pau del barri de Llefià, a conviure amb una germana de ma mare i els seus cunyats (entre elles la família Sousa, tots activistes de CC.OO. en la clandestinitat –diuen que jo jugava amb el “Mundo Obrero”-). Poc després ens vam poder traslladar a viure sols al barri de Sant Roc de Badalona, i aquí tornem al llibre de Margarit i al seu poema “Arquitectura”, ambientat, com ell mateix reconeix, en aquest i en d'altres barris del Patronato de la Vivienda. Per tant, els meus orígens em remunten a l’Estació de França.
Després, un cop a l’any, sortíem d’allí –de l’Estació de França- per anar a veure als avis al poble. La seva arquitectura de ferro realment em fascinava.
Passats els anys, com Margarit, he sortit diverses vegades d’aquesta estació per anar a París. Sempre m’he resistit a anar a París en avió podent gaudir del Talgo Joan Miró, de tantes referències pictòriques i literàries. Per desgràcia, les darreres vegades he sortit de l’Estació de Sants, però malgrat ser també una estació, no és ben bé el mateix.
Com veieu, l’Estació de França es troba adherida a la meva biografia, però encara em resta un darrer motiu per haver triat aquest nom. És una estació: un lloc de trànsit, de pas, d’arribades i de sortides, de coneguts, d’estranys, de voltes de ferro, de múltiples històries, d’aromes de viatges, on la vida encara és possible.

“Ara m’estic mirant els trens i andanes
amb els ulls envellits d’aquell infant.”
(“Estació de França”, Joan Margarit)